¿Qué me das por un TFG?

TFGs

 

 

 

Desde hace un par de años, llegado final de junio, incluso a primeros de julio,  empiezan a ser habituales las apreturas y agobios relacionados con la entrega y evaluación de los TFGs, es decir, los Trabajos de Final de Grado. Y una vez más, muchos estudiantes y algunos profesores nos preguntamos para qué sirve exactamente un TFG, qué obtienen de él los estudiantes y cuál es su valor en los planes docentes. Por supuesto, no se trata de olvidar  ni desdeñar los esfuerzos que han venido realizando compañeros, departamentos y universidades para sugerir métodos de trabajo y hasta cursos on line para estudiantes y profesores. Hay mucho esfuerzo acumulado, y excelente consejos e intenciones. Por supuesto, no falta la ilusión; los estudiantes, con el resultado obtenido -algunos dicen haber aprendido mucho- y los profesores, satisfechos por la sensación de haber sacado lo mejor de sus jóvenes estudiantes, recién graduados.  A veces todo deviene un poco remilgado, pero no está mal que sea así.

Sin embargo, aquí vamos a hablar de otros asuntos; por ejemplo, de las reflexiones surgidas de los cambios de impresiones entre compañeros de Historia Moderna y Contemporánea, intervenciones en reuniones de Departamento y, por supuesto, comentarios de los mismos estudiantes. Dado que el GReHA no sólo trabaja en investigación sino también en técnicas de docencia, agruparemos aquí, a partir de ahora, comentarios relacionados con la praxis profesional tal como se desarrolla en nuestro entorno laboral. Y es que el trasfondo de perplejidad en torno a los TFGs  va en aumento, en vez de disminuir. Y quizás ha llegado el momento de sistematizar algunas conclusiones extraídas de la propia experiencia en la dirección de un total de unos ocho trabajos de este tipo efectuados por estudiantes de varias graduaciones, y no sólo de Historia Contemporánea. Vaya por delante que todos los involucrados en la gestión de los TFGs en el Departamento, tanto tutores como coordinadores, trabajamos duro en este asunto desde hace ya tres cursos

 

Si leemos de un tirón las competencias que un estudiante debería desarrollar en el correspondiente TFG, podríamos llegar a la conclusión de que este trabajito de unas 30 ó 40 páginas vendría a ser una especie de prueba de reválida condensada, pura densidad cerebral.  Según los departamentos, se llegan a señalar  hasta más de quince aptitudes generales, no se dejan ni una; además, claro, está, la de escribir sobre una temática de la que, supuestamente, han de saber algo. ¿Pero qué, exactamente?

Y aquí empieza el lío. Porque el TFG no es necesariamente un trabajo de investigación. Difícilmente puede serlo, según nuestro criterio;  porque si en unas pocas páginas los estudiantes recién graduados en junio hubieran de condensar en julio no sólo hallazgos sino también conclusiones novedosas, habríamos de terminar considerando que el TFM y la tesis, cada una más extensa que la anterior,  deberían tener menos densidad académica que el TFG. Y eso sería como empezar la casa por el tejado, literalmente. Aunque a veces ocurre, desde luego: de vez en cuando los estudiantes se entusiasman, poseen un buen conocimiento de la temática que escogen y debido a ello hay tutores que se ven obligados a asumir direcciones de temáticas que desconocen. Y no falta alguno, generoso con el tiempo de sus colegas, que envía a sus estudiantes a buscar consejo y dirección entre los expertos en la temática.

Otro asunto peliagudo es la calificación. El estudiante puede obtener toda una gama de notas por su trabajo. Pero dado que el tutor dirige y califica, muy extraño sería que se tirara piedras sobre su propio tejado adjudicando malas calificaciones. De ahí que estudiantes mediocres, con nota media de aprobadillo a lo largo de todo el curso, pueden terminar luciendo un rutilante Sobresaliente en su TFG. Este año hemos conocido el caso de un Departamento que ha evitado conceder Matrículas de Honor dado el elevadísimo índice de candidaturas recogidas.

Con todo, el fenómeno no es nuevo, en absoluto. Debido a la extraña situación que eso tendía a generar, terminó por complementarse el proceso de calificación con un tribunal. ¿Pero hablamos realmente de un tribunal? Por aquello de no poner en duda la capacidad formativa y supervisora del tutor, pero también porque organizar tribunales de tres miembros para el elevado número de TFGs sobrepasa las posibilidades  de un Departamento de tamaño medio, se ha quedado en  una fórmula híbrida, que varía según los centros. Así que los TFG ni tienen un verdadero tribunal colegiado, pero tampoco son calificados al cien por cien por el tutor.

El resultado es que la fórmula del TFG no termina de despegar, los estudiantes y muchos profesores ven el asunto como un trámite molesto y poco consolidado que, además ejerce de cuello de embudo para la posterior elaboración del más congruente Trabajo de Final de Máster. Por ello también resulta frustrante constatar que algunos TFMs empiezan a parecerse, en extensión, contenido y calidad, a los TFGs. Para mayor confusión, algunos estudiantes opinan que el TFG viene a ser como los antiguos proyectos de final de carrera; no está mal como ejercicio para algunas Facultades, pero no queda claro cómo se adapta ese concepto a los estudios de Letras. En principio sería más adecuado como proyecto docente que de investigación.

Y sin embargo, aún en abstracto, el TFG no es una mala iniciativa, incluso resulta potencialmente útil. Al menos, siempre que se le encaje en sus adecuadas proporciones.

En realidad, todo es bastante sencillo. El TFG es la primera oportunidad para que el estudiante trabaje bajo la dirección directa de un profesor. No deja de ser una labor de coaching. Pero en todo ello, lo importante no es exactamente el resultado final, sino el proceso de elaboración, la forma en que el estudiante va completando la tarea. Es más una simulación bajo control de cómo poner en marcha y desarrollar un trabajo de investigación, que las treinta o cuarenta páginas que salen de todo ello. Por eso es importante que tengan lugar una serie de reuniones presenciales. Y cara a cara se formalice un guión, se evalúen las ventajas de esto y lo otro, se corrijan fallos formales y de contenido, el profesor aporte su experiencia y el alumno aprenda “oficio”.

Eso, claro está, es un trabajo. Requiere horas y paciencia. Y en unos cuantos casos parece que los correspondientes organismos administrativos ni siquiera computan correctamente este montoncito de horas extras en la carga docente del profesor. Por otra parte, si ello fuera necesario, el tutor ha de tomar la decisión de informar al estudiante menos dotado de que la investigación no parece ser lo suyo. Quizá la docencia u otras actividades profesionales le resultarían más adecuadas. Porque,  si: el TFG puede ser un filtro. Y en ese caso, la escala completa de las calificaciones que usamos actualmente es superflua y a veces hasta un tanto absurda, dado que puede conducir a que el tutor acabe poco menos que dictando al alumno qué es lo que él considera necesario para otorgarle la máxima nota. ¿No sería más lógico y sencillo que el estudiante obtuviera una única calificación de Apto para las labores de investigación? Y para ello, ¿sería necesario que hiciera un trabajo “a imitación de”?¿O bastaría con la detallada supervisión por el tutor de los trabajos del último curso de carrera, por ejemplo?

Claro que todas estas disquisiciones y dudas quedan en buena medida resueltas si encajamos el TFG en un esquema futuro de la carrera en 3 + 2, en el cual el trabajo funcionaría como una especie de breve reválida o broche que cerraría la graduación de 3 años. Ahí sí que cobraría todo su sentido este ejercicio; aunque, ni que decir tiene, en ese caso su contenido académico quedaría necesariamente más devaluado.

Por todo ello, quizá sería conveniente una clarificación oficial sobre el futuro que se le reserva al TFG. Si estamos en un largo periodo de pruebas, el resultado final podría ser un parto de los montes. Si andamos deshojando la margarita, empieza a hacerse un poco largo. Y si se deja que la cuna sea mecida por la inercia, es posible que no veamos a la criatura caminar por su cuenta.

Advertisements