Vals con Bashir (2008)

Reseña procedente de Veiga: un blog (28 de agosto de 2009)

Hace ya meses que en este blog estaba pendiente una reseña crítica del film de Ari Folman: Vals con Bashir, estrenado hace casi un año. Leen bien: el estreno de la polémica película israelí no fue en febrero de 2009, sino mucho antes, en junio de 2008. Lo que ocurre es que, al menos en España, pasó amplia y voluntariamente desapercibida; si me apuran, creo recordar que en septiembre se exhibió brevemente en algún oscuro cine barcelonés de arte y ensayo, antes de ser retirado en una semana. Mientras tanto, en You Tube se acumulaban los vídeos con escenas del film que se estaba proyectando en diversos países. Sólo cuando empezó a acumular premios internacionales y, sobre todo, cuando fue nominada para el Óscar, los críticos de por aquí se vieron obligados a decir algo del desconcertante film.

Y precisamente entonces, no era un buen momento para papanatismos. El ataque del Ejército israelí a Gaza había concluido pocas semanas antes, y en España, el común de los medios de comunicación y la prensa comercial, suelen tomar con pinzas las demostraciones de fuerza de los gobiernos de ese país, incluso cuando son del color de la extrema derecha. Limitarse a comentar el acontecimiento histórico que centraba Vals con Bashir, era quedarse cortos. Ampliar la crítica hasta incluir el régimen de opresión sobre la población palestina, resultaba algo más delicado, incluso peligroso. ¿Qué hacer?

Respuesta: utilizar los ingredientes que servía en bandeja el mismo director. Deseoso de no perder la oportunidad de demostrar su autoatribuido talante cool, el diario “El País” dió un paso al frente. La separata “Babelia” del 14 de febrero le dedicó una espectacular portada y dos largos artículos al fim de Folman. El resultado fue un magistral ejemplo de la idea apuntada más arriba, subrayada por un eficaz “hinchamiento de perro”. José Miguel Muñoz redactó su pieza añadiendo los comentarios del director israelí como si formaran parte de una entrevista, y de ahí salía eso de que Vals con Bashir había sido creada como animación, porque le daba a Folman la libertad de incorporar imágenes oníricas y mucho subsconciente. A partir de ese momento, fue la catarata de reseñas y comentarios, modelados de forma similar con la misma pasta. Pero por efecto del esquema “boca a oido”, incluso fueron incorporándose calificativos cada vez más vacíos de contenido.

Uno muy interesante: “Vals con Bashir es un film de animación documental”, lo cual, visto y no visto, lo convirtió en “la primera película de animación documental que se ha hecho en la historia del cine”. Pueden ecomprobarlo, como un ejemplo más, en la presentación que hizo (ya en abril) un simpático “gafapastero”, el periodista de la “Voz de Almería”, Evaristo Martínez, que si no repite una docena de veces eso de que es una película de animación documental, no lo dice ninguna. Incluso la califica de “revolucionaria”, término que sigue excitando enormemente al común de los lectores y espectadores, a pesar de lo mucho que ha dado de sí la palabra, a fuerza de ser usada, masticada y estirada, como un chicle.

En realidad, Vals con Bashir no es ni de lejos el primer film de animación documental, género que cumplía 90 años justos cuando se estrenó la obra del director israelí. Pero es que, además, el film de Ari Folman no es ningún documental; precisamente, ese es un error que no cometió Juan Miguel Muñoz en su pieza de “Babelia”. Si así fuera, Chaqueta metálica de Kubrick también lo sería; o Platoon de Stone; incluso Apocalypse Now, de Coppola. Vals con Bashir relata una experiencia muy subjetiva del propio Folman, contada en clave autobiográfica. Tanto, que recurre a personajes reales, amigos y compañeros, que intervienen de forma directa en la película, incluyendo sus particulares obsesiones, sentimientos y percepciones que asimilan lo imaginario a lo real. Eso no es lo propio de un reportaje ni un documental; y es, precisamente, una de las trampas centrales del film. Vayamos por partes.

En primer lugar, el argumento deVals c on Bashir y buena parte de su puesta en escena toman muchos recursos del cine y la literatura antimilitarista clásicos. Pero sobre todo, la idea de que la guerra no es en absoluto coherente con el relato al uso de la épica nacional, algo que queda subrayado en el momento central del relato, cuando el protagonista regresa de permiso y se encuentra con que en la retaguardia no entienden ni saben lo que está ocurriendo en el frente. Esa es una circunstancia clave, porque si bien la guerra es surrealista, a ojos del combatiente la retaguardia (incluyendo la familia, los amigos, el entorno social de procedencia) también se convierte en algo incomprensible. Desde ese momento, el soldado queda “capturado” por la guerra, sin una referencia redentora que le ayude a salir del atolladero. De ahí el conocido síndrome del excombatiente incomprendido y aislado, que sólo encuentra alivio en el contacto más o menos habitual con los ex camaradas de armas, tan inadaptados a la vida civil como él mismo.

Este argumento, presente ya en Sin novedad en el frente de Remarque, pero que se extiende a infinidad de obras literarias y filmes (muy bien relatado en El Desierto de los Tártaros de Buzzati) fue serializado en una buena parte de las películas sobre la guerra del Vietnam, incluyendo el subgénero de los “veteranos del Vietnam”, de enorme éxito comercial desde Rambo: Acorralado, estrenada precisamente el mismo año en el que el joven Folman andaba pegando tiros por el Líbano.

Precisamente, Vals con Bashir evidencia una cierta indigestión de films sobre Vietnam, incluyendo el delicado asunto de las masacres de civiles (los americanos protagonizaron la de My Lai); el clásico retrato de los caracteres de la escuadra de combate (el pusilánime, el héroe violento, el calculador…); los propios mandos: embrutecidos, puteros e ineficaces; el uso ciego y desproporcionado de la fuerza; el enemigo siempre emboscado (sea un charlie del Viet Cong o un fedayin de Al Fatah); la muerte a mansalva de los camaradas (“también nosotros tuvimos bajas, y muchas”); los aliados: más bestias y corruptos que el propio ejército (y culpable real de las crueldades); el papel de los medios de comunicación; y, sobre todo, la reacción de la propia sociedad de origen, incapaz de asumir lo que ha ocurrido en una guerra supuestamente ajena y lejana, en la distancia pero, sobre todo, en el tiempo, forzando todos los parámetros reales.

Precisamente esa inspiración “vietnamita” explica la curiosa vía de escape política que obtuvo Ari Folman para su “Vals” en el mismo Israel. No deja de ser llamativo que un film antibelicista, que saca a colación el bochorno de las matanzas de Sabra y Chatila, haya contado con el entusiasta apoyo del gobierno de Ehud Olmert (tras el fiasco militar de la Segunda Guerra de Líbano), hasta el punto, según explica el mismo Folman, de haberlo enviado a “promocionar la película por todo el mundo”. Pero en realidad, eso no es tan extraño. Los censores o supervisores, que casi siempre existen, por activa o por pasiva, saben que con las películas sobre la guerra del Vietnam, los norteamericanos dieron con el filón cinematografico para presentar como aceptable y hasta épica una contienda que, de hecho, y hasta ese momento, había sido el mayor fiasco militar de la historia de los Estados Unidos. La fórmula funcionó hasta tal punto que, es de temer, se perpetúe con nuevos títulos sobre las guerras de Irak y Afganistán, tal como están dando a entender toda una serie de films serie B sobre esos conflictos y series televisivas tales como Over There o Generation Kill.

Al fin y al cabo, Vals con Bashir juega al límite, pero no llega hasta el fondo. Es un film exculpatorio. Ni el protagonista, ni el periodista Ron Ben-Yishai, explican en Vals con Bashir quién tomó la decisión de dejar que los falangistas cristiano-libaneses entraran en los campos, a sabiendas de que se iban a vengar tras el asesinato de su líder, Bashir Gemayel. Los mandos militares y soldados que entrevistan en el film tanto el cineasta como el periodista, ven lo que ocurre o tienen noticias de ello, pero son combatientes de primera línea; y en un ejército como el israelí, con sus servicios de inteligencia a todos los niveles, parece evidente que la masacre no fue un hecho fortuito. De hecho, se sabe que tanto el ministro de Defensa, Ariel Sharon, como el entonces Jefe del Estado Mayor israelí, Raful Eitan, mantuvieron reuniones con los jefes de las micilias cristianas para coordinar la operación. Las masacres duraron tres días y durante sus noches, los soldados israelíes lanzaban bengalas para iluminar los campos y facilitar la tarea a los falangistas.

El ahora cineasta Ari Folman era por entonces uno de los soldados que lanzaba bengalas, de ahí sus remordimientos. Pero su amigo, el sicólogo Ori, juega un papel central como gran exculpador, todo a lo largo del film. En la primera entrevista, le sugiere que pudo no haber estado en la masacre de los campos, una simple jugada de la memoria. Al final del relato, cuando queda claro que así había estado, Ori le saca todo el hierro que puede al asunto: el sentimiento de culpa de Folman está relacionado con el paralelismo que inconscientemente (y parece que, erróneamente) hace con las matanzas en los campos de exterminio nazis. Ori, insiste: Ari Folman sólo lanzaba bengalas, no estaba llevando a cabo las masacres.

Por lo demás, el cineasta dibuja una estampa más que equívoca de la sociedad israelí y su papel en la evolución política (y en las campañas militares) del país. Los soldados son unos pobres chicos que no se enteran de nada; la guerra no tiene glamour y parece que se hace “a pesar de”. Los israelíes no encuentran interes ni motivación en las contiendas en que se han visto envueltos en el último cuatro de siglo. Nadie diría que los militares cuentan con apoyos políticos, no se explica por qué el mismo Ariel Sharon, tan implicado hasta el cuello en lo de Chabra y Satila, tan ultraderechista él, fue elegido como primer ministro en 2001, tras la célebre provocación de la Explanada de las Mezquitas, organizada también por él. Y de ese cargo, ganado con el voto de los ciudadanos israelíes, sólo le apartó un derrame cerebral en 2006. Nadie diría que existe una cultura militarista en Israel, muy extendida, que bebe de la épica de las guerras y los héroes, desde 1948 hasta ahora, precisamente hasta ahora. En Vals con Bashir no se recurre a la constante y obsesiva justificación de la lucha por la supervivencia, ante las reales o imaginadas amenazas de exterminio que se usan generosamente en cada campaña, en cada asesinato político. Ari Folman usa tan insistentemente del tópico norteamericano, que de hecho hace un film sobre Vietnam-en-Líbano; pero las diferencias entre ambas sociedades, la americana y la israelí, son demasiado obvias.

El director israelí retrata una amnesia colectiva que resulta forzada y totalmente increíble. Tanto, que el espectador se teme que no es sino una táctica que le permite eludir un guión realista que, forzasamente, hubiera sido más embarazoso y comprometedor. El 26 de septiembre de 1982, pocos días despues de las masacres, el movimiento pacifista Shalom Ahshav y grupos de la izquierda israelíes, organizaron en Tel Aviv una de las mayores manifestaciones de protesta de la historia de Israel, con unos 400.000 participantes. El despiste colectivo que vive el Ari Folman-personaje en su propio film resulta, más que extraño, inquietante. ¿Seguro que no hubo autocesura, que no tuvieron lugar negociaciones con “los de arriba”?¿El hecho de que el film sea una animación se explica porque así se incorporan elementos oníricos, que en nuestros días hubieran sido muy sencillos de poner en escena con la amplia panoplia de efectos especiales?¿No será que cuando Folman lanzó el proyecto no hubiera sido posible filmar una obra de esas características en Israel, y que aún así hubo que ajustar el mensaje del film de animación para poder proyectarlo en las salas de cine?

Vals con Bashir es un film interesante, con una estetica sobrecogedora y una realización técnica brillante. Pero plantea muchas dudas. Afortunadamente, el mismo Folman acierta al opinar que Israel todavía posee un sistema político lo suficientemente democrático y abierto. Pero lo hace en contra suya. Sugiero al lector que lea el artículo que se reproduce a continuación, escrito por el periodista israelí Gideon Levy, del diario “Haaretz”: se trata de un hombre honesto y comprometido con una información imparcial sobre el conflicto israelo-palestino. Para él, según el título de su crónica, “el film ‘antibelicista’ de Folman, Vals con Bashir, no es sino una farsa”.

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